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Mi paraíso en Sigüenza

Una tierra de paz. Sus viejos árboles la pintan de verde, las aguas cristalinas de sus ríos la envuelven y con trazo rojizo sus nobles piedras nos cuentan una historia apasionante.

Cuando necesito unos minutos de silencio y de paz, cuando el día a día profesional me acosa y siento que las fuerzas empiezan a fallarme, siempre está Sigüenza esperándome para acogerme y ayudarme a levantar de nuevo el vuelo y seguir adelante con más pasión si cabe. Y aunque a veces sienta la tentación de guardarme ocultos mis placeres seguntinos, y no compartir con nadie la experiencia que supone para mí, no tardo en arrepentirme y decido no ser egoísta y compartir mi paraíso natural con toda la gente que conozco.
Dijo el poeta Rainer María Rilke que la patria del hombre es la infancia, y mi niñez no ha transcurrido en Sigüenza, y a pesar de ello sí me siento en ella como en mi infancia: segura, tranquila y feliz. Será quizá porque mis primeros viajes en familia, con mi padre y hermano fueron a Sigüenza, quizá también, porque mi primera experiencia, pasados los años, ya como campista con mis hijos muy pequeños, fue también en Sigüenza, para ser más exacta, en Pelegrina (una de sus hermosas pedanías) a orillas del río Dulce.
La naturaleza privilegiada de la ciudad del Doncel, el canto de sus pájaros y el rumor de sus aguas: del Henares, del Salado y del Dulce, la nobleza de sus piedras, el verde de sus árboles también centenarios, todo ello conforma ese paraíso que quisiera fuera más pronto que tarde designado como Patrimonio de la Humanidad, para que otras personas puedan encontrar aquí ese lugar especial que les proporcione tan buenas experiencias como a mí. Un lugar que es un paseo por la Historia de España del que podemos disfrutar ahora pero que queremos preservar para el futuro y que sea también el refugio para generaciones venideras.

Magdalena Valerio
Diputada Nacional

Letras Vivas